No Bajemos la Autoestima ... el baloncesto en nuestro país es muy bueno. No se ha necesitado ir a Estados Unidos para demostrar el nivel que atesoran los talentos surgidos de los patios de los colegios, bueno, más bien de los pabellones de los colegios, porque me parece que estos han jugado poco al aire libre como nos tocó a nuestra generación.
Mi generación se crió viendo al Real Madrid ganar Copas de Europa, un grupo extraordinario encabezado por los Corbalán, Cabrera, Brabender, Luyk o el elegante Walter Szcerzbiak. Que disfrutaba viendo al Joventut ganar una Copa Korak al Carrera con Joe Galvin de protagonista.
Que se estremeció de miedo cuando Aulcie Perry y Earl Williams, los americanos del Macabbi, saltaban a la grada del Palacio en Madrid para zurrar a un espectador. Esa generación vio años después por televisión en España el primer partido o resumen (ya no lo recuerdo) de la NBA, una competición que por entonces era de otro planeta. Eran los profesionales americanos y les precedía fama de mitos de la canasta, aunque eso nos lo contaban algunas publicaciones. Nunca los habíamos visto.
TVE no emitió su primer partido de la NBA (si me equivoco que alguien me lo corrija, por favor) hasta el cuarto partido de la Final de la temporada 1982/83. Los Philadelphia 76ers de Billy Cuningham le endosaban un sonrojante 4-0 a un tal Los Angeles Lakers de Magic Johnson y Kareem Abdul Jabbar.
Aquellos rojos endiablados del Spectrum formaban un quinteto titular que nunca olvidaré: Maurice Cheeks (el mejillas); Andrew Toney; Julius (Doctor J) Erving; Bobby Jones y Moses Malone. Casi nada ... ¡me pongo en pie!. Ese día descubrí que aquel baloncesto estaba varios peldaños por encima del nuestro.
Mira por donde, los Juegos Olímpicos de Los Angeles nos acercaron aquel Olimpo a nuestro paraíso terrenal. La torpe elegancia de Romay resultaba hasta inmaculada frente a un Dios disfrazado de baloncestista: Michael Jordan.
Travesías en el desierto aparte (que las hubo y profundas) la senda que abrió con esfuerzo y muchos minutos de banco, Fernando Martín, ha tenido dignos herederos. La colección de españolitos que se bate el cobre hoy un día sí y otro también, es como para hacerle un monumento. El mismo que ya tendrían de haber ganado esa final olímpica de agosto en el Wukesong de Beijing.
Nunca se me olvidará como viví el final a pocos kilómetros, pero en otro pabellón de Pekín, delante de una televisión de 50 pulgadas y rodeado de un centenar de chinos jaleando a España. Simplemente para no olvidar.
Que en el pasado All Star de la NBA hayan participado tres españoles es la mejor manera de reivindicar el papel estelar y de respeto que se ha ganado el baloncesto español en la meca yankee, aquella que parecía inalcanzable a principios de la década de los años ochenta y que casi treinta años después no está tan lejana.
Da igual si a Rudy le puntuaron bajo en el concurso de mates. Lo hecho, hecho está. No hubiera ganado ni haciendo el mate a lo Djalminha (que dicho sea de paso hubiera sido estratosférico), ya que la kryptonita de Nate Robinson es para enmarcar. No le faltó ni el atrezzo necesario para adornarse ante sus compatriotas, lo que le hace ser digno sucesor de la corona.
Así que ... ¡muera Supermán! ... ¡Viva Lex Luthor!